Casos de Éxito

Nombrada por la revista Time como "la mujer más influyente del mundo"


"Quién me iba a decir a mí, nacida en Mississippi en 1954, que estudié en una escuela segregada, que iba a llegar hasta aquí. Una niña pequeña y solitaria, que no recibía mucho amor a pesar de que su familia hizo lo que pudo. No supe lo que era el amor verdadero hasta que os encontré, a mi programa y a vosotros”. Estas fueron las palabras con las que Oprah Winfrey se despidió de su público en mayo del 2011; 25 años y 4.561 emisiones después. Así resumía una vida marcada por una infancia humilde y traumática y un fulgurante ascenso al estrellato que la convirtió en el irrepetible icono que es hoy. A base de ambición, fue capaz de convertirse en la leyenda viva que es hoy.



Una dura infancia
Como toda historia de superación personal, la suya arranca con una infancia desdichada y una partida de nacimiento cuyo nombre, Oprah, resultaba tan impronunciable que terminaron cambiando el orden de las letras. Su madre, Vernita Lee, se quedó embarazada siendo una adolescente y ejerció de madre soltera mientras trabajaba como empleada doméstica.

La identidad de su padre continúa siendo un misterio. Aunque Oprah siempre pensó que Vernon Winfrey, un barbero que había trabajado en una mina de carbón, era su padre biológico, en 2003 Noah Robinson, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, reclamó la paternidad de la presentadora. Ella nunca ha aclarado esta controvertida parte de su biografía. Pero el culebrón familiar no termina ahí.

Vernita tuvo tres hijos más con diferentes hombres: Patricia, que murió por su adicción a la cocaína en 2003; Jeffrey, que falleció en 1989 enfermo de sida, y otra niña más, también llamada Patricia, que Vernita dio en adopción en 1962 cuando Oprah estaba pasando una temporada con su padre –Vernon– en Nashville. La presentadora no supo de su existencia hasta 2010, cuando protagonizaron un lacrimógeno reencuentro con las cámaras de su talk show por testigo.

La necesidad fue el otro ingrediente de una infancia novelesca. Eran tan pobres, que su abuela le confeccionaba los vestidos con adustos sacos de patata y los niños se reían de ella en la escuela. Eso sí, aprendió a leer con tres años y en el barrio, todos la conocían como La predicadora, por su elocuencia cuando leía pasajes de la Biblia en la iglesia.

Juventud
Pero llegó la adolescencia y con ella la rebeldía de una niña que le robaba dinero a su madre y utilizaba la picaresca para salirse siempre con la suya. Oprah era capaz de montar la escena más melodramática para conseguir que su madre le comprara un par de gafas nuevas. «Me inventé que alguien había entrado en casa, me había golpeado en la cabeza y había roto mis gafas. Llamé a la policía, me tumbé en el suelo y fingí amnesia».

Con 13 años, se escapó de casa. No era la pataleta de una niña malcriada. Un oscuro secreto se escondía detrás de un comportamiento errático. Cuando ya era una presentadora de éxito, Oprah confesó que había sufrido abusos sexuales desde los nueve años por parte de un primo, un tío y un amigo de la familia. Con 14 años, se quedó embarazada. El niño murió poco después de nacer. Entonces, Vernita decidió enviarla con su padre, Vernon, a Nashville. Nunca más volvió a casa.

Vernon era un padre estricto y la disciplina dio sus frutos. Oprah se graduó con honores, fue nombrada la chica más popular del instituto y ganó un concurso de belleza y otro de oratoria que le aseguró una beca para estudiar comunicación en la Universidad.

Su labia pronto llamó la atención de un programa de radio local que le dio su primera oportunidad. Luego presentó informativos y finalmente sublimó el arte del talk show en The Oprah Winfrey Show, que empezó a emitirse a nivel nacional en 1986 y batió récords de audiencia.

Las mieles del éxito
Lo que empezó como un formato sentimentaloide para amas de casa, se transformó en un espacio en el que lo mismo se hablada de espiritualidad y problemas sociales, como de geopolítica o economía. Todo aderezado con toneladas de glamour gracias a las celebrities que le confesaban a Oprah lo inconfesable.

Desde Michael Jackson –cuya entrevista vieron 36 millones de personas– hasta Barack Obama. Cualquiera que haya sido alguien en Hollywood y aledaños se ha sentado en su sofá. Y su imperio empezó a crecer: 

libros, una revista, un canal de televisión y otro de radio, una productora y hasta una nominación al Oscar por su papel en ‘El color púrpura’, de Steven Spielberg.

Su influencia en la opinión pública norteamericana era tal que, si Oprah hablaba de un libro en su Club de lectura, la obra se convertía en un superventas instantáneo. Era el llamado Efecto Oprah, ese ingrediente que, según la revista Time, la convirtió en «la mujer más influyente del mundo».

Su fortuna personal creció al mismo ritmo frenético. La afroamericana más rica del siglo XX y la primera multimillonaria negra de la historia, amasa un patrimonio estimado en 2.700 millones de dólares. Oprah es tan ostentosa, como espléndida. Sí, es dueña de ocho residencias, incluida una mansión en Montecito, (California), por la que pagó 51 millones de dólares en 2001.

Pero también es una destacada filántropa que ha donado más de 300 millones de dólares a distintas causas humanitarias y una jefa generosa que, para celebrar su 55 cumpleaños en 2009, invitó a un crucero por el Mediterráneo –con parada en Barcelona incluida– a 1.700 personas, entre amigos, empleados y sus familias.

Nadie se atreve a negar la dimensión de una figura como la suya. Al fin y al cabo, la Oprah multimillonaria y todopoderosa es también la niña pobre y atormentada que, como una vez contó su abuela, se divertía entrevistando a muñecas hechas con mazorcas de maíz. Su historia es el paradigma del sueño americano. Y ese es, precisamente, el secreto de su éxito.

 

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